«Nada en el río, con los cocodrilos…», susurró mi nuera, empujándome

La selva amazónica se cernía sobre mí como una jaula verde. Me esforcé por llegar a la orilla fangosa, aferrándome a raíces mojadas y rocas resbaladizas. Pero ese no era el final…

Me ardían los pulmones, el corazón me latía con fuerza; no solo por el cansancio, sino también por la traición, que quemaba más que el calor y las picaduras de insectos.

Las palabras de mi nuera resonaban en mis oídos: «Nada en el río, con los cocodrilos…». Lo dijo casi en un susurro, pero su empuje fue demasiado decidido como para confundirlo con un golpe de suerte. Mi propio hijo estaba cerca y no hizo nada.

Me senté en la orilla, intentando recomponerme, respirando el aire húmedo, impregnado del olor a hojas podridas y tierra mojada. Los pájaros cantaban por todas partes, criaturas invisibles susurraban, y en algún lugar cercano, las fauces de un cocodrilo chapoteaban perezosamente en el agua. Sabía que este lugar no había sido elegido por casualidad. Aquí, un hombre desaparece sin dejar rastro.

Pero yo no era de los que se daban por vencidos. Toda mi vida, había construido un imperio desde cero: había corrido riesgos, luchado, me había alzado de la derrota. Y ahora tenía que usar la misma tenacidad, la misma astucia, para sobrevivir y recuperar no solo mi vida, sino también mi poder.

Me levanté. Cada paso a través de la maleza espinosa me cortaba la carne, pero me despejaba la mente. La fatiga se convirtió en fría determinación. Mientras me abría paso por el caos de la selva, un plan se formó en mi cabeza. Tenía que regresar. Demostrarles a todos que no podía ser arrojado al barro y abandonado a ser devorado por las bestias.
Mi familia me traicionó por riqueza, pero olvidaron lo más importante: todo lo que tengo, lo gané con fuerza e ingenio. Y esta será su sentencia.

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