Aram se había despertado temprano. Era un caluroso día de julio y quería terminar todo su trabajo al mediodía.
Tenía la costumbre de empezar el día en una pequeña cafetería de su barrio, con un café solo y un pan ligero. Le parecía curioso que en el lugar siempre hubiera las mismas caras: el jubilado Vardan bác, que jugaba a las cartas con sus amigos, la estudiante Lili, cuyos sueños se perdían como niebla en su bebida, y el conductor Gago, que siempre se quejaba del tráfico de la ciudad.
Ese día, Aram entró y se sentó en su mesa favorita de la esquina. La suave luz del sol se filtraba por las ventanas de la cafetería y las voces se mezclaban con el silbido del molinillo de café.
Aram estaba pensando en el trabajo cuando se acercó la camarera.

—Las de siempre, Aram jan.
—Sí, pero añade una cosa más: una historia interesante.
La chica sonrió, pero no respondió. Después de un rato, trajo el café y dijo lentamente:
—¿Sabes lo que pasó ayer?
Me contó que ayer llegó una chica muy triste, sentada en silencio y llorando. La camarera se acercó y le preguntó si todo estaba bien. Tras un largo silencio, la chica dijo:
—No quiero irme a casa.

La obligaron a quedarse en la cafetería hasta la noche y le ofrecieron té. Al irse, la chica dijo:
—No sé cómo agradecerte… quizás me salvaste de un gran error.
Aram escuchó y guardó silencio un buen rato. El café se había enfriado. Miró a la camarera y dijo:
—A veces una taza de té vale más que un curso completo de psicología.
Ese día pagó el doble por su café y preguntó:

—Esta segunda taza es para otra persona. Quien venga, quien la necesite, que me la invite.
Al salir, el sol ya calentaba, y sentía una inusual liviandad en el corazón. Era como si una pequeña bondad le hubiera alegrado el día.