Durante una caminata ordinaria por el bosque, mi mirada se clavó en algo inusual: en la hierba yacía una pequeña criatura negra.

Estaba casi completamente oculta en la sombra y parecía parte del suelo. A primera vista —una lagartija común—, pero algo en ella resultaba extraño: apenas se movía, lucía exhausta y evidentemente estaba herida.
Me dio pena dejarla morir allí, así que la recogimos con cuidado y la llevamos al veterinario más cercano. Allí ocurrió algo inesperado. Al verla, el médico retrocedió de golpe y su rostro palideció.

—¡No la toquen bajo ninguna circunstancia! —fue lo único que pudo decir antes de colocar la lagartija en un contenedor cerrado.
Resultó no ser una lagartija cualquiera. La criatura pertenecía a una especie extremadamente rara, al borde de la extinción.
Quedaban muy pocos ejemplares, y se mantenían bajo protección estricta en un programa cerrado de recuperación de la población.
De alguna manera, aquel ejemplar había escapado del centro de cría situado cerca del bosque. Ya se le daba por desaparecido.

Gracias a este hallazgo, los especialistas pudieron devolverla a un entorno seguro y comenzar su tratamiento.
Una caminata habitual terminó convirtiéndose en la participación inesperada en el rescate de una especie única. Aunque la historia llegó pronto a manos de los zoólogos, pidieron discreción: un interés excesivo podría poner en peligro a esta especie tan rara.