Dicen que cada amor es hermoso a su manera, pero el suyo era diferente.
Se conocieron por casualidad en un autobús que iba de la ciudad al pueblo. Él subió tarde y buscaba un asiento libre, mientras la chica apoyaba la cabeza en la ventanilla y comía un bollo. Le temblaba ligeramente la mano cuando el chico se sentó a su lado. Ambos sintieron lo mismo: esa extraña calidez que solo se siente cuando el destino aplaude en silencio su encuentro.
Las primeras palabras fueron comunes: «Disculpe, ¿puedo sentarme?», «Por supuesto». Pero entonces el silencio habló por ellos.
Cuando el autobús arrancó, la chica miró por la ventanilla, y en el reflejo de sus ojos el chico vio un mundo de soledad que quería llenar de amor. No sabía cómo ni cuándo, pero definitivamente decidió: «Tengo que quedármela».

Días después, el chico empezó a visitar el pueblo, encontrando un sinfín de excusas: «Traje fruta», «¿Quieres comer sandía?». “Te acompañaré en el camino”. Todo era claro y puro.
La niña guardó silencio al principio, pero luego confió en él. Le contó la muerte de su madre, la severidad de su padre, la soledad que la consumía por dentro. El niño la escuchó y no dijo ni una palabra; simplemente la abrazó por los hombros. La niña lloró largo y tendido en silencio.
En verano ya estaban juntos. La gente decía: “El pueblo susurra”, pero no les hacían caso. Solo se miraban.
Y entonces el niño fue reclutado. Fue al servicio religioso con su foto en el bolsillo, su sonrisa en la cara. Escribía cada semana:
“No llores, iré”.
“¿Me esperas?”.
“Te escribiré el mejor poema”.

Regresó agotado, con llagas, con los ojos cansados. Pero cuando bajó del autobús en la misma parada, la vio esperándolo. La niña había perdido peso, llevaba el pelo recogido en una coleta baja, pero sonreía como nadie más podía hacerlo.
Solo dijo:
«Ahora te abrazaré de nuevo. Pero esta vez a costa de mi vida».

Hoy viven en el mismo pueblo. Tienen una casa pequeña. Con paredes agrietadas, pero corazones cálidos. Los niños los llaman «una leyenda sobre nuestro amor», y sonríen y caminan de la mano por los viejos senderos del pueblo donde se conocieron.