Fin de mes. Mi cartera está vacía, mi tarjeta también. El sueldo tardará en llegar, pero el crédito no espera. Pensaba desesperadamente a quién más podría pedir dinero, pero ya había abusado de mis amigos y me daba vergüenza.
Mis padres también están en apuros, a veces incluso soy yo quien los ayuda. Tenía la cabeza llena de hambre y estrés.
Caminaba por el parque, envuelta en una vieja bufanda, repasando mentalmente todas las formas posibles de conseguir dinero rápido, cuando algo verde en el asfalto llamó mi atención. Me quedé paralizada.

Un billete.
No una suma pequeña, sino exactamente lo necesario para cubrir mi deuda.
Mi corazón se aceleró. Miré a mi alrededor — no había nadie. ¿Volvería el dueño? ¿Y si no lo hacía? Dudaba: recogerlo o dejarlo.
Recordé las palabras de mi abuela. Era una adivina muy conocida, y la gente venía de lejos a consultarla. Siempre decía: “El dinero encontrado lleva el destino de otro. Nunca sabes si es bueno o malo.”
También me enseñó qué hacer: no guardarlo en la cartera, sino esconderlo bajo el mantel, para atraer la buena suerte.
En casa de mis padres siempre había un billete bajo el mantel, y nunca nos faltaba nada. Pero cuando desaparecía, mi padre perdía el trabajo y todo se torcía.
Allí estaba yo, en medio del parque, con el billete en la mano, sin saber qué hacer. Finalmente, seguí el consejo de mi abuela.
Puse el billete bajo el mantel.

Al día siguiente, mi madre me llamó:
— Hija, ¡te han enviado dinero! Papá recibió una prima inesperada y decidimos ayudarte.
Me quedé sin palabras. ¿Casualidad?
Un mes después, me ascendieron en el trabajo. Todas mis deudas estaban saldadas, y mis problemas financieros desaparecieron.
¿Fue suerte, magia o solo coincidencia? Sinceramente, no lo sé. Pero nunca toqué ese billete: sigue allí, bajo el mantel.