Janos se acercó despacio a la puerta de la clínica privada, situada en pleno centro urbano.
No era su primera visita y, cada vez, aquel lugar le provocaba la misma repulsión: el olor estéril, las paredes inmaculadas, las miradas frías de extraños. Nunca usaba el ascensor. Prefería las escaleras: no quería cruzarse con pacientes, médicos o familiares curiosos.
En esos momentos, le gustaba estar solo. En la mano llevaba siempre el ramo de pequeñas rosas blancas que acababa de comprar en la floristería del barrio. Sabía que su esposa Eva no podía verlas ni percibir su fragancia (lleva un mes en coma), pero no podía presentarse ante los médicos y la familia sin flores: resultaría demasiado sospechoso. Debía mantener las apariencias.
En el pasillo le recibió una luz cruda y fría. Janos entrecerró los ojos: la noche anterior había bebido demasiado con viejos amigos: narguile, cerveza y nostalgia de los días despreocupados. Detestaba volver a casa, donde siempre le esperaba la boca seca al despertar y un dolor sordo en la sien. Antes de entrar, se detuvo junto a un ventanal para enderezarse, sacó un chicle de menta del bolsillo y se lo puso en la boca para disimular el olor a alcohol, luego se pasó la mano por el pelo y levantó el cuello de la camisa. Parecía un poco más presentable, pero las ojeras delataban su cansancio.
Mientras subía las escaleras, le asaltaban los mismos pensamientos: cada día que Eva pasaba allí costaba una fortuna. Los importes de la primera consulta resonaban aún en su mente: aparatos médicos, cuidados, atención permanente —cada día una nueva pila de billetes desaparecía de su cartera. ¿Hasta cuándo aguantaría?

El estado de Eva no había mejorado, pero los padres y los médicos hablaban de un «pronóstico optimista», de que «todo era posible». Janos mantenía las apariencias, pero su ira hervía: ya había calculado lo que obtendría si Eva… llegara a fallecer — el apartamento, su empresa, la herencia, los inmuebles: todo pasaría a su nombre. Desde su matrimonio, Eva nunca le había confiado completamente sus asuntos; él siempre pensó que lo habría gestionado mejor. Pero tan pronto como ella salía de su vista, podía tomar el control.
Trasladar a Eva a un hospital más económico era imposible: habría despertado sospechas de inmediato, sobre todo de su suegra Joka, que lo vigilaba con ojos de águila. Observaba cada movimiento de su rostro. Janos apretó con más fuerza el ramo y se acercó a la habitación donde reposaba Eva. Temía el encuentro con Joka e István, sus suegros: controlaban cada uno de sus gestos, incluso el tono de su voz. Había aprendido a fingir tristeza — suspiros, ojeras, gesto dolorido — para interpretar al esposo devoto. La apariencia era primordial.
Al llegar frente a la puerta, aminoró el paso. Oyó una voz suave: era el doctor Bruckner, su médico de cabecera, hablando con calma para infundir esperanza:
— La última semana ha sido difícil, pero hemos logrado estabilizar su estado. Es importante mantener un ambiente positivo. En situaciones así, el cariño puede obrar milagros.
La voz de Joka temblaba:
— Doctor… ¿aún hay alguna posibilidad? ¿Cree que podrá recuperarse?
Janos puso los ojos en blanco: ¡cuántas veces había oído esas preguntas y visto las respuestas evasivas de Bruckner!
— Sí —respondió el doctor—. Aunque no podemos estar seguros, hay indicios de que el cerebro responde a estímulos externos: la voz, el tacto, los recuerdos — todo puede ayudarla a volver entre nosotros.

Joka estalló en sollozos: — Gracias, doctor, por no rendirse. — Janos, a su vez, apretó aún más el ramo: creía que el doctor solo ganaba tiempo para seguir cobrando.
El médico salió, y Janos entró por fin. Joka corrió hacia él:
— Cariño, ¡qué alivio que estés aquí! Gracias por estar a su lado.
— Eva siempre ha sido todo para mí —respondió Janos con voz áspera—. No puedo dejarte sola ahora.
Asintió con pena. El falso marido era perfecto: nadie dudó un instante.