Un claro en el bosque

La pensión de María Petrovna era pequeña. Para llegar a fin de mes, encontró una afición: recolectar setas. Cada mañana, tomaba una vieja cesta y se adentraba en el bosque: vendía algunas en el mercado y con las que sobraba las secaba, freía y preparaba sopas.

El bosque era su hogar; conocía cada sendero, cada árbol, de memoria. Allí la había llevado su difunto esposo una vez, mostrándole los mejores lugares para recolectar setas. Así que, cuando el sol se elevó sobre las copas de los pinos, María Petrovna, apoyándose en su bastón, caminó con paso ligero hacia el claro familiar.

El día era cálido, el aire olía a musgo y humedad. Las setas aparecían una tras otra: compactas, firmes, con tallos gruesos. La cesta se llenó rápidamente y el ánimo de la mujer mejoró.

Caminó cada vez más lejos, hacia el viejo abeto, donde siempre encontraba los boletus más grandes. Allí, en la densa sombra, sobre el suelo húmedo, vio una enorme seta blanca. «¡Qué belleza!», pensó, extendiendo la mano.

Al instante siguiente, el suelo bajo sus pies cedió traicioneramente. Se oyó un crujido y María Petrovna cayó. La caída fue corta pero brusca; el impacto contra la tierra mojada le cortó la respiración.

Despertó con dolor en la pierna. Todo estaba oscuro a su alrededor; solo una estrecha abertura era visible desde arriba, apenas iluminada por la luz del sol. El agujero era profundo, las paredes húmedas y desmoronadas. Intentó salir, pero sus dedos resbalaron en la arcilla y las raíces se desgarraron de la tierra.

«¡Auxilio!», gritó. Pero la única respuesta fue un eco, ahogado por la espesura.

Tras intentarlo varias veces, cayó de rodillas, recuperando el aliento con cansancio. Y de repente notó que una de las paredes del agujero tenía un aspecto extraño: más oscura, más densa, como si la tierra allí hubiera estado compactada alguna vez.

La curiosidad venció al miedo. María Petrovna se acercó gateando, alumbró con la linterna de su teléfono (la pantalla apenas funcionaba; la batería estaba casi agotada) y vio algo blanco en el suelo.

Al principio, pensó que era una piedra. La tocó con los dedos y se quedó paralizada. Era hueso. Humano.

El corazón le latía con fuerza en el pecho. Empezó a escarbar con manos temblorosas y pronto un rostro emergió de la capa húmeda. El de un hombre. Pálido como la muerte, con los ojos hundidos. Casi no quedaba pelo, pero el cuello y el botón de su camisa seguían puestos, oxidados, pero familiares.

María Petrovna gritó y retrocedió. Un nombre le vino a la mente al instante: su vecino Pashka, el mismo que había desaparecido hacía un año. Todo el pueblo lo había buscado, pero nunca lo encontraron. Decían que se había ido a la ciudad, que había abandonado a su esposa.

Pero ahora lo sabía: no se había ido a ninguna parte. Había estado allí todo este tiempo. Bajo tierra.

Y el agujero en el que había caído se había formado precisamente porque el terreno sobre su cuerpo se había hundido con el tiempo.

La mujer se quedó paralizada, incapaz de moverse. El bosque a su alrededor parecía muerto: ni pájaros, ni viento. Solo su respiración y el sordo latido de su corazón resonaban en el silencio.

María Petrovna cerró los ojos, intentando ordenar sus pensamientos. Necesitaba salir, pedir ayuda, avisar a alguien. Pero en el fondo, sentía que el bosque ya lo sabía todo.

Понравилась статья? Поделиться с друзьями: